El sexo es algo
limpio y puro que Dios le regaló al ser humano, NADIE debiera juzgar (emitir
una opinión) y menos sojuzgar (someter o atemorizar) a otra persona en ésta
área. Dios estableció lo permitido y lo no permitido; con quien sí y con quién
no; por qué sí y por qué no (Levítico 18).
Por lo tanto, en el matrimonio, el sexo es algo sagrado y bendecido por
Dios, y las únicas limitantes debieran ser que por acuerdo entre ambos se hagan
o dejen de hacer ciertas prácticas (1ª. Corintios 7:4). Que sea realizado sin causar
daño; humillación o vergüenza al otro.
En otras palabras, lo
que ambos estén de acuerdo en realizar que no denigre a la persona es
autorizado y bendecido por Dios, y no debiera “persona alguna” evitarle la
felicidad a una pareja casada (y menos religiosos que ni siquiera conocen la
experiencia misma del matrimonio, ni tampoco autonombrados líderes super santos
que destruyen matrimonios). Bien dijo el Cristo de todos ellos: “Hipócritas…
sepulcros blanqueados que limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por
dentro estáis llenos de robo (le quitan el gozo a la pareja) e injusticia
(porque muchos de ellos practican en secreto lo que prohíben en público)”
(Mateo 23:25).
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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