En éste contexto,
vemos que por los próximos 300 años los “creyentes” se ven obligados a “seguir
escondidos” en cuevas y cavernas que hoy conocemos como “catacumbas”, pues de
lo contrario eran “asesinados”, por lo qué, por SIMPLE LOGICA, no había
reuniones comunales, no había templos, todo culto era a “escondidas”. Es, hasta
los años 312-325 cuando el emperador romano Constantino se convierte al
cristianismo, y decreta, al mismo como “la religión del estado”, “obligando” a creyentes
y no creyentes a seguir y respetar la fe CRISTIANA, permitiendo los cultos
públicos. Como primera medida lógica, elimina las persecuciones en lo que “falsamente” es llamado el primer
concilio (Nicea 325), pues recordemos que el primero se celebró en Jerusalén
con el apóstol Pablo, Bernabé y los 12 discípulos (Hechos 15).
Pero Constantino
comete otro error grave (el primero fue la obligación de seguir la fe), pues
concede “poder y autoridad” al clero de Roma (específicamente al obispo Silvestre
I) entregándole, el “Palacio de Letrán y la Basílica adjunta” como su residencia, quien dicho sea de paso la
autonombró DOMUS DEI o casa de Dios, naciendo así, no solamente la Iglesia Católica Romana sino
también la idea “humana” de realizar grandes construcciones en el nombre de
Dios, haciendo desparecer así los cultos en casas. Cuando la escritura es clara
en decir que: “Dios NO habita en templos hechos con mano de hombre” (Hechos
17:24-29).
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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