Muchos judíos
creyentes en la Ley de Moisés (Hechos 2:46-47), y muchos más gentiles paganos (Romanos
3:9) se convirtieron a la doctrina que Cristo trajo derivada del Nuevo Pacto
que Dios había ofrecido 600 años antes (Jeremías 31:1, 33-34). Estos “nuevos”
creyentes, NO podían reunirse en el templo, no podían reunirse en sinagogas,
pues precisamente por ser seguidores del Cristo fueron “echados” de allí (Juan 9:22). Es más, el MISMO Cristo fue “expulsado” de la
sinagoga por su prédica (Lucas 4: 16, 28-29). Fueron tantos los seguidores del
Cristo, que hubo una primera persecución y dispersión del “cristianismo” (NO de
judaístas ni religiosos) sino de seguidores del Cristo. Por eso fueron llamados
“Cristianos”… porque ya no seguían una religión sino al Cristo (Hechos 11:26).
Hagamos historia un
poco:
Cristo dice a sus
discípulos que pronto tendrá que dejarlos, pero que no se angustien pues Dios
les enviará un “Consolador” (Espíritu Santo) (Juan 14:26). Resulta que éste
consolador, viene unos días después de la partida del Cristo, pero, ¡oh
sorpresa! NO viene al templo, no viene a la sinagoga, no viene a una de las
casas de los religiosos… sino viene a una “casa” en particular el aposento en
donde los apóstoles estaban “escondidos”, dicho sea de paso, por miedo (Marcos
14:50; Hechos 2:2). Curiosamente, ni los religiosos, ni los que estaban en el
templo, ni los que estaban en la sinagoga se “enteran” siguiera que el Espíritu
Santo descendió. ¡Curioso verdad!
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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