“Confesaos vuestras ofensas
unos a otros, y oren unos por otros” (Santiago 5:16). La confesión de pecados
se hace entre las personas “afectadas” no para con terceras personas. ¿Qué se
gana con confesar nuestras faltas a una tercera persona, que nos perdonará sin
ningún problema, mientras las personas ofendidas quizás ni se enteran que ya
nos arrepentimos de lo que hicimos o dijimos? Por ello, el apóstol nos enseña,
que, “después” de haber arreglado el asunto entre las partes interesadas,
“oremos unos por otros”, no una oración particular sin que las personas o la
persona afectada se entere de nada. Sólo así se cumple el precepto de “a quien
perdonéis los pecados le serán perdonados” (Juan 20:22).
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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