Señalar una verdad no
implica necesariamente amargura. Dar a conocer una verdad, no es criticar (ni
sentirse uno exento) sino tener un honesto celo por esa verdad o por quien
representa esa verdad, y, respetarla. El mismo Cristo pudo ser señalado de “amargado”
si vemos el “celo” con el cual llegó a limpiar el Templo de los cambistas
ambiciosos y codiciosos que lo habían invadido (Juan 2:15). Exponer una verdad
para que quienes están siendo abusados de su buena voluntad y explotados en su
espiritualidad abran sus ojos, (repetimos) NO es amargura sino un honesto celo
por la casa de Dios y su persona. Sobre todo cuando se está en la lucha de
estar respetando esa verdad.
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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