martes, 4 de febrero de 2020

Cortando las anclas.




Cuando las naves antiguas estaban en algún peligro de naufragio, uno de los recursos más utilizados por los capitanes era anclar la nave. Eso evitaba que la nave fuera a la deriva. Sin embargo hubo ocasiones en las cuales era más seguro romper las cuerdas, dejarlas hundir  y  que la nave siguiera un rumbo nuevo llevada por las aguas. Eso exactamente sucedió en el barco en el cual iba el apóstol Pablo hacia Italia. Nos narra Hechos 27:40 que cortaron las amarras de las anclas y dejaron que la nave siguiera su rumbo. Esta encalló en aguas bajas y hubo que evacuarla. Así sucede en la vida de cada creyente también, hay ocasiones en las cuales las anclas nos salvan la vida pero hay otras en las cuales es necesario cortar las amarras y que la vida tome otro rumbo (salvo con el matrimonio que sólo se puede disolver por muerte o por adulterio Mateo 5:32 y Levítico 20:10). Si, como lo hicieron en el caso de Pablo, las amarras son cortadas por guía y orden de Dios NADIE se perderá; pero, si por el contrario, lo hacemos por egoísmo o conveniencia personal entonces habrá muerte espiritual y quizás hasta física.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.

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