Cuando las naves
antiguas estaban en algún peligro de naufragio, uno de los recursos más
utilizados por los capitanes era anclar la nave. Eso evitaba que la nave fuera
a la deriva. Sin embargo hubo ocasiones en las cuales era más seguro romper las
cuerdas, dejarlas hundir y que la nave siguiera un rumbo nuevo llevada
por las aguas. Eso exactamente sucedió en el barco en el cual iba el apóstol Pablo
hacia Italia. Nos narra Hechos 27:40 que cortaron las amarras de las anclas y
dejaron que la nave siguiera su rumbo. Esta encalló en aguas bajas y hubo que
evacuarla. Así sucede en la vida de cada creyente también, hay ocasiones en las
cuales las anclas nos salvan la vida pero hay otras en las cuales es necesario
cortar las amarras y que la vida tome otro rumbo (salvo con el matrimonio que
sólo se puede disolver por muerte o por adulterio Mateo 5:32 y Levítico 20:10).
Si, como lo hicieron en el caso de Pablo, las amarras son cortadas por guía y
orden de Dios NADIE se perderá; pero, si por el contrario, lo hacemos por
egoísmo o conveniencia personal entonces habrá muerte espiritual y quizás hasta
física.
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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