Dios “decide” tener
entre los hombres un pueblo para él. Para ello, “elige” a Abraham como cabeza
de ese pueblo (Génesis 12:1-2). Desde ese momento y durante toda la vida de
Abraham se comunica con él “directamente”, sin intermediarios y sin templos, conformando
así una relación espiritual íntima “Padre-Hijo”. Es, la descendencia de Abraham,
quien le pide a Dios tener un sistema “igual” al que tenía y sigue teniendo el
mundo, y por ello, le piden un rey (1ª. Samuel 8:4). Dios se los concede, pero
les advierte dos situaciones, Uno: El mira esto como un rechazo directo a su
persona y voluntad. Y, dos: Por tomar esa
decisión tendrán muchas y duras consecuencias (1ª. Samuel 8:8-18). El pueblo, no
sólo no entiende lo que Dios les está diciendo sino que aún se ofende y exclama:
“Eso no nos importa” (1ª. Samuel 8:19).
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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