“¿Cómo te has
convertido en ramera, oh ciudad fiel?
(Isaías 1:21).
El apóstol Juan solía
escribir: “Lo que hemos visto, lo que hemos vivido… de eso os escribimos hoy” (1ª.
Juan 1:3). Y, ese mismo apóstol junto al apóstol Pedro expresaron en Hechos
4:20: “Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”. Y, para
quienes se sientan aludidos por lo que más adelante viene, y pregunten que
quién nos puso por juez suyo, recalcamos las palabras anteriores de éstos dos
gigantes del evangelio:”Juzgad si es justo, obedecer a los hombres… antes que a
Dios” (Hechos 4:19). La Iglesia, Jerusalén, teniendo que ser el gran templo de
la santidad, unos la han convertido en la gran ramera y otros lo hemos
permitido. Podemos dar nombres, fechas y hasta detalles de lo que hemos visto y
oído, pero tan sólo nos limitaremos a mencionar los hechos.
Convertimos la
Iglesia en una ramera, cuando nos “recomiendan” sacar un hijo de casa por sus
pecados; cuando la parábola del hijo pródigo nos dice lo contrario (Lucas 15).
Convertimos la Iglesia en ramera, cuando un líder “insiste” en que una pareja
se divorcie, sólo porque ya se cansó de estar intercediendo entre ellos; cuando
la escritura dice que lo que Dios unió no lo separe el hombre (Mateo 19:6).
Convertimos a la Iglesia en ramera, cuando un líder a sabiendas que el dinero
que es ofrendado tiene “mala procedencia”, es recibido hasta con algaríabía
delante de las demás ovejas; cuando el dinero que entra al Alfol dice el Señor
que debe de ser grato a SUS ojos no a los de los hombres (Malaquías 3:4). Con
razón el verso de introducción termina diciéndonos: “Pero ahora habitan allí…
los homicidas”. ¡Cómo te has convertido en ramera… oh ciudad fiel!.
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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