“El que se une a una
ramera… es un cuerpo con ella”
(1ª. Corintios 6:16).
“Y dejará el hombre a
su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán UNA sola carne” Con ésta
ORDEN Dios instituyó el sagrado vínculo del matrimonio (Génesis 2:24). Siglos
más tarde, Dios inspira a uno de sus apóstoles a enseñarnos lo siguiente: “Pero
el que se UNE al Señor… un ESPIRITU es con él” (1ª. Corintios 6:17). La
pregunta es: ¿Qué clase de vínculo formamos con la persona con la cuál tenemos
relaciones íntimas? ¿Nos hacemos UNO con ellos o ellas? ¡Si, pero no solamente
en carne sino también en ESPIRITU!. Por lo tanto, todo lo que su espíritu ha
experimentado, cree o piensa nos son transmitidas, y, lo nuestro a ellos o
ellas. Esto, también nos explicaría que cuando ya estamos con o en Cristo…
NUEVAS CRIATURAS SOMOS (2ª. Corintios 5:17), pues lo santo de El nos es
transmitido y nuestro pasado queda atrás, olvidado, tirado al fondo del mar y
no se tendrá más memoria de ello (Miqueas 7:19). Así, al unirnos con una
persona que no es nuestra pareja matrimonial también nos hacemos UNO o UNA con
ella, lo que provocará ese intercambio de experiencias espirituales. Ahora
bien, el pecado más grave no es lo que recibamos de esa o de esas personas,
sino que nosotros estamos DEPOSITANDO en ella lo santo del Cristo sin que pueda
existir un buen fruto, porque no está de por medio de la bendición de Dios, fruto
que si puede darse cuando la evangelizamos.
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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