“Se postró sobre su rostro y dijo…”
(Mateo 26:39).
No nos cansaremos de predicar que el verdadero evangelio, el evangelio
de Jesucristo es el evangelio de la cruz. Cristo, cuando estaba a punto de
entregar su vida para salvarnos por medio del derramamiento de su sangre santa
“va un poco más lejos” que los demás, y exclama: “No se haga lo que yo quiero…
sino tu voluntad Padre mío”. ¡Cuánta diferencia existe entre nuestro hermano
mayor y nosotros! Siempre con la tendencia
a “evitar” que se haga la voluntad de Dios cuando creemos que no está acorde a
lo que nosotros buscamos, queremos o necesitamos. Siempre evitamos, por miedo,
por cautela, por conveniencia propia… el ir un poco más adelante que los demás.
Si le sucede a otro, está bien, pero que no nos suceda a nosotros, casi siempre
esa es nuestra triste actitud, exageradamente contrastante con la actitud de
Cristo. Moisés se mantuvo como viendo al invisible (Hebreos 11:27)… y tuvo un
final exitoso; Cristo se sometió a la voluntad del Padre (Mateo 26:39)… y tuvo
un final exitoso; ¿Cuál sería la razón, para qué, si nosotros nos mantenemos
como viendo al invisible y no sometemos a la voluntad de Dios no tengamos
también un final exitoso? Señor: ¡Hágase tú voluntad y no la nuestra!.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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