“Separados de mí, nada podréis hacer”
(Juan 15:4).
Cristo funda su Iglesia, no en base a costumbres, tradiciones ni ritos,
sino en base y alrededor del corazón humano (Jeremías 31:31-34 y Mateo 5, las
Bienaventuranzas). No la funda con base en una gran construcción, sino al sometimiento
“voluntario” de las pasiones humanas; la práctica de un “amor” limpio,
desinteresado; y, en la unidad de la familia. No la funda con fines
comerciales, sino con y para propósitos eternos y meramente espirituales. No la
funda en una sinagoga, ni siquiera en el templo mismo… lo hace en las calles
(Mateo 9:9); en los hogares (Marcos 2:4); a la orilla del mar (Mateo 4:18-20); y,
hasta en la entrada del cementerio (Juan 11:43). Fue la ambición de poder; la
avaricia de dinero; la lujuria por el domino del hombre sobre el hombre
(mezclando la política con la religión), la que hizo el cambio (lea Constantino
año 325 DC). Fue allí, en donde se desvió la “roca angular” de Cristo; fue allí
en donde “permaneced unidos” ya no fue más una idea espiritual sino se
convirtió en una “empresa mercantil muy rentable” (en donde se ofrecen
servicios con propósitos de lucro y ya no por amor; así también fue como inició
el sometimiento de las masas por medio del control –entendamos aquí: la
confesión, la asesoría, la obediencia extrema). Hoy vemos, en lo espiritual,
que esa visión llegó a su máxima expresión: “todos tienen la mejor la Iglesia,
la que tiene la última y verdadera revelación, y el líder, se ha convertido en
un ídolo más”. Y lo peor de todo, es que lo consiguen con el consentimiento y hasta
la gratitud de las mismas ovejas. ¡Ese es el gran fracaso de la Iglesia hoy en
día!. Nos hemos apartado de la “roca angular” de Cristo.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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