“¿Quién te mostró que estabas desnudo?”
(Génesis 3:11).
Adán es creado en un lugar único en donde solamente tenía que gozar de
todos los privilegios que Dios le había proporcionado. Pero, peca, y lo primero
que alcanza a pensar es “hay qué esconderse” (Génesis 3:9). Nosotros hacemos lo
mismo, cada vez que hacemos o decimos algo que no era lo correcto, lo adecuado,
lo normal… lo primero que tratamos de hacer es escondernos. Un ejemplo “pobre”
pero válido, es cuando alguien nos presta algo y no tenemos la intención o la
capacidad de devolverlo, lo primero que hacemos es “desaparecer”. ¡Qué
lamentable!. Luego que Dios llama a Adán porque supuestamente “no lo
encuentra”, vemos la segunda acción que cometemos “sin darnos cuenta”… buscar
excusas. ¿Por qué? Porque sabemos que debemos “tapar nuestra desnudez” (Génesis
3:12). Nadie le dijo a Adán que estaba desnudo, fue su propia culpas que le
indicó que estaba “expuesto”. Lamentablemente nos sucede lo mismo día con día,
tratamos de tapar nuestra desnudez con “justificaciones”. Y, solamente
exponiéndonos a la luz del Señor podremos dejar de taparnos con “hojas de
higuera” (léase excusas, justificaciones)
(Génesis 3:7) y permitir que nuestro Dios nos vista con túnicas de pieles
(Génesis 3:21). Esto también sucede sin que nos demos cuenta.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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