Tú que juzgas… ¿Haces lo mismo?
(Romanos 2:1).
Dice la escritura que TODOS pecamos y que ninguno busca a Dios de propia
voluntad (Romanos 3:23). Esto lo podemos comprobar cuando analizamos la razón del
momento en el que la gran mayoría hemos buscado su auxilio: “Situaciones de
angustia, de enfermedad, de pobreza, de luto, de soledad”, pero casi nunca en
solvencia. Ahora bien, ciertamente nadie hacemos el bien ni somos buenos, pero
la escritura nos insta a pesar de ello, a que prediquemos la palabra de Dios,
pues de lo contrario nadie sabrá de ella (Romanos 10:14). Entonces, ¿Quién
predica? Predica el enviado (Romanos 1:1); predica el que ha vivido la
experiencia (Filipenses 4:12); predica quien ya venció una debilidad y sabe que
Dios lo sacó de allí (Mateo 9:9). Debiera predicar la palabra de Dios, alguien
que no tenga una intención oscura de ganancias deshonestas (1ª. Timoteo 3:1 y
8). Hombres perfectos para predicar NO HAY, pero al menos debemos ser hombres
que estemos luchando por dejar nuestras debilidades, y así, poder ser, en
alguna medida, ejemplo a otros. En otras palabras: Vamos a predicar del alcoholismo
si ya lo dejamos; vamos a hablar de ser dadivosos si ya lo practicamos;
predicamos de todo aquello que ya hemos dejado o que estamos luchando por
dejar.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario