“Porque no me afrentó un enemigo”
(Isaías 55:13).
Traición: “Es la falta que se comete
por no guardar la fidelidad debida”. He allí, el por qué duele tanto. Porque
desde tiempos inmemoriales, ésta falta es cometida por una persona “íntima” y
no por una desconocida. Caín, traicionó a su hermano Abel, por eso lo mató
(Génesis 4:8); Jacob traicionó a su hermano Esaú, por eso estuvieron peleados y
distanciados (Génesis 27:41); Saúl traicionó a David, por ello quiso asesinarlo
(1ª. Samuel 19:1). La nación de Israel traicionó a Dios, por ello, Dios se
separó de ellos (Jeremías 31:32); Judas traicionó a Cristo, por eso le vendió (Mateo
27:3). La traición es castigada muy severamente en las escrituras por ser un
acto cometido contra una persona que nos ha brindado “toda” su confianza. Caín tuvo
que llevar una señal para siempre (Génesis 4:15); Jacob, tuvo que huir por 20
años para no ser asesinado (Génesis 31:38); A Saúl, Dios le envió un espíritu
malo y atormentador por su desaprobación a David (1ª. Samuel 16:14); Dios se apartó de Israel por
su traición (Ezequiel 7:22); Judas perdió su vida material y espiritual por
vender a Cristo. Así, en el matrimonio, también
el marido o la esposa infieles sufren grandes consecuencias y frustraciones
según nos muestra el Proverbio 6:33: “Y su afrenta (tensiones, críticas,
censuras y vergüenzas) NUNCA será borrada”, perdonada por Dios, si hay un
arrepentimiento y apartamiento genuino del pecado, sí definitivamente, pero las
consecuencias quedan.
Señor: Danos un honesto celo por tu
casa.
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