“El es fiel y justo para perdonarnos”
(1ª. Juan 1:9).
La biblia nos enseña que entre los seres humanos
naturales, ninguno es bueno, y por lo tanto, todo lo que hacemos tampoco es
bueno (Romanos 3:9). En otro sentido nos enseña que cuando aceptamos el
sacrificio de la cruz de Cristo, él nos hace “criaturas nuevas” por lo que ya
tenemos sus características y cualidades aunque sea en manera incipiente (2ª.
Corintios 5:17). Ahora bien, Dios está dispuesto
a perdonarnos nuestros pecados, pero, la condición indispensable es que
“pidamos el perdón” de esos pecados (1ª. Juan 1:9). Los asuntos materiales entonces
los tratamos con los hombres que son materiales, pero los asuntos espirituales
los tratamos con un ser espiritual, Dios (Juan 3:16-19). ¿Qué estamos tratando
de decir? Uno, que el perdón de nuestros pecados se le confiesa y se le pide a
Dios, primeramente, pues es a él a quien hemos ofendido antes que a nadie (Juan
3:19-20). Y también, cuando ofendemos a los hombres se le pide perdón a los
ofendidos, NO a terceras personas (Santiago 5:19). Es muy fácil para una
tercera persona perdonar en nombre de otra, pero el verdadero perdón “tiene que
venir” de la persona ofendida. Si, ciertamente hemos de confesar nuestros
pecados, pero, imposible e inaceptable que le digamos a alguien: “te perdono
tus pecados… ve en paz”; cuando la persona ofendida aún continúa ofendida
porque no le hemos pedido perdón a ella sino a otra.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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