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Para quienes somos temerosos del nombre de Dios,
sabemos que hay creyentes y no creyentes en el mundo, no hay términos medios.
En otras palabras, sabemos que al morir, o vamos a un lugar de reposo o vamos a
un lugar de tormento pero sin términos medios, lugares de los cuales “nada” ni “nadie”
nos pueden mover (Hebreos 9:27 y Lucas 16:24-26). Y también sabemos que ese “temor
reverente” de Dios que nos hace creyentes en él, NO viene de nosotros sino de
él mismo, pues por su sola misericordia lo puso en nuestros corazones (Exodo
33:19; Romanos 9:15; Juan 17:12). En otro sentido, estamos conscientes que las
buenas obras que hacemos NO son NUNCA para salvarnos, sino son una “muestra” de
nuestra gratitud por haber sido salvos (Tito 3:5). Si fuera por obras, el rico
tendría más posibilidades que el pobre de ser salvo, y eso sería injusto; es
más, Cristo dijo exactamente lo contrario, que le es más difícil al rico ser
salvo (Mateo 19:23).
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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