La virtuosidad que
todos hombres esperamos de la mujer… también aplica a nosotros. Todo varón
desea una mujer sumisa, obediente, servicial y que sea digna de llevar el
apellido, el respaldo y el cuidado que se le está dando, pero, no todos los
hombres son dignos de ello. La palabra nos enseña que también el hombre debe
“ganarse” ese derecho. El apóstol Pablo nos enseña en las cartas a Timoteo los requisitos:
Irreprensible, marido de UNA sola mujer, sobrio, prudente, decoroso,
hospedador, apto para enseñar (1ª. Timoteo 3:2). No dado al vino, no pendenciero,
no codicioso de ganancias deshonestas, amable, apacible, no avaro (1ª. Timoteo
3:3). NO un neófito en los asuntos de Dios (1ª. Timoteo 3:6). Y alguien dirá:
“Pero eso, es para quien quiere un obispado”. ¡Cierto!. Pero el apóstol nos
enseña también que TODOS somos ¡obispos de nuestras casas primeramente! (verso
5). ¿Queremos tener una mujer virtuosa? Entonces seamos hombres virtuosos. Todo
en la vida tiene un precio, y, si queremos tener algo hemos de pagar el precio
que ese algo vale. ¡Tener una esposa virtuosa nos cuesta el precio de ser un
hombre virtuoso!.
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario