Cuando algo bueno o agradable llega a nuestras vidas,
lo primero que queremos hacer es compartirlo o contárselo a los nuestros. Eso
le sucedió al apóstol Pablo cuando llegó a Corinto (Hechos 18:1), se acercaba a
las sinagogas para hablarle a los “religiosos” acerca de la “sana” doctrina del
Cristo, pero, éstos discutían con él y lo rechazaban (verso 5). Por lo que el
apóstol, sacudiéndose los vestidos les dijo: “Vuestra sangre sea sobre vuestra
propia cabeza” (verso 6) y ante el rechazo, fue enviado a predicar a los
“gentiles” que no sabían nada de religión y no tenían prejuicios. Hoy, pasa
exactamente lo mismo, es mucho más fácil predicarles la palabra de Dios y su
“sana” doctrina a personas no religiosas, que a quienes ya la han oído y tienen
prejuicios, debido a enseñanzas acomodadas a sus propios deseos y caprichos más
que a la perfecta voluntad de Dios para sus vidas. Ignorando así, que su propia
sangre caerá sobre sus cabezas.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario