viernes, 10 de enero de 2020

Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza.


  
Cuando algo bueno o agradable llega a nuestras vidas, lo primero que queremos hacer es compartirlo o contárselo a los nuestros. Eso le sucedió al apóstol Pablo cuando llegó a Corinto (Hechos 18:1), se acercaba a las sinagogas para hablarle a los “religiosos” acerca de la “sana” doctrina del Cristo, pero, éstos discutían con él y lo rechazaban (verso 5). Por lo que el apóstol, sacudiéndose los vestidos les dijo: “Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza” (verso 6) y ante el rechazo, fue enviado a predicar a los “gentiles” que no sabían nada de religión y no tenían prejuicios. Hoy, pasa exactamente lo mismo, es mucho más fácil predicarles la palabra de Dios y su “sana” doctrina a personas no religiosas, que a quienes ya la han oído y tienen prejuicios, debido a enseñanzas acomodadas a sus propios deseos y caprichos más que a la perfecta voluntad de Dios para sus vidas. Ignorando así, que su propia sangre caerá sobre sus cabezas.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa. 

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