“Los labios de la mujer extraña destilan miel”
(Proverbios 5:3).
Por décadas dentro de la Iglesia hemos visto cómo la caída de un
creyente en los brazos de una mujer extraña (o de un hombre extraño), trae
consecuencias muy grandes no solamente para quienes cometen el pecado sino
también para las personas que los rodean, entiéndase hijos, cónyuges,
familiares directos, y hasta hermanos en la fe. ¿Por qué? Porque las mismas
escrituras nos advierten: “Porque su fin es amargo como el ajenjo, agudo como
espada de dos filos” (verso 4). La mujer (o el hombre) ajenos hasta tienen su
aliento más blando que el de la propia pareja, pero, sus pies hacen descender a
la muerte (verso 5). ¿Quién tropieza con la mujer (u hombre) ajenos? La
escritura es exageradamente clara en ese sentido, NO es el hombre (mujer) carnal;
NO es el hombre (mujer) débil; NO es el hombre (o mujer) extremadamente sexual;
porque todos ellos si claman a Dios, Dios los guarda. ¿Entonces? ¡Es el hombre (mujer)
que ENOJAN a Jehová! (Proverbios 22:14). ¡No hagamos “airearse” a Jehová contra
nosotros!. Porque quien lo hace no solamente cae en el dolor de la mujer (hombre)
ajenos sino en la vergüenza perenne, y NINGUNO(A) que en ella cayere quedará
impune dice Dios (Proverbios 6:29). Jamás toquemos una mujer o un hombre que no
nos pertenezca como esposos en el Señor, pues destilan miel… pero al final NO
saben a miel.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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