“Confesaré delante de
las naciones”.
(Salmo 18:49).
Muchas son nuestras
salidas y entradas a casa, a la oficina, etc. en las cuales el Señor
constantemente nos libra de angustias, penas, sin sabores, accidentes e incidentes…
y nosotros no nos damos cuenta de ello en el momento. El salmista lo sabía, y
es por ello que nos exhorta a que demos “testimonio”, que le contemos a las
naciones lo que Jehová ha hecho por nosotros. Esto, no solamente muestra
nuestra gratitud, sino que fortalece la fe de quien la tiene o la hace nacer en
quien no la tiene. Bien escribió el apóstol en Romanos: “¿Cómo, pues, invocarán
a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber
quien les predique?” (10:14). Somos los creyentes quienes tenemos la obligación
de predicar de Aquél que nos salvó, de Aquél que nos eligió desde antes de la
fundación del mundo (Efesios 1:4). Lo hemos dicho muchas veces: nuestra pena,
nuestro luto, nuestra angustia, nuestra escasez, nuestra soledad de ayer debe
ser nuestro testimonio de hoy, para que, todos aquellos que no tienen la dicha
de conocer a nuestro Dios le conozcan, y también ellos… sean guiados y
guardados de y en éste mundo (Juan 17:15).
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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