“Hay pecado de muerte”
(1ª. Juan 5:16).
¡Se está hablando de muerte natural… NO espiritual! Narra la historia que cuando Julio César
venía de conquistar la Galia, tenía que llegar al Senado y someterse voluntariamente
a Pompeyo para un juicio por desobediencia, pero, si en lugar de ello,
traspasaba con su ejército el río Rubicón, entonces sería considerado un
rebelde y automáticamente tenía que purgar un castigo. El no dejaba de ser un
romano, el no perdía su naturaleza de soldado, y ni siquiera el de comandante,
pero, repetimos, tenía que purgar un castigo. Espiritualmente, podemos decir
que las escrituras consideran “traspasar el Rubicón” cuando cometemos
desobediencia (Levítico 26:14-26), y, por ello, tendremos que someternos a purgar
un castigo. Dios nos ha establecido leyes a los creyentes (los no creyentes no
tienen por qué cumplirlas), y, si las quebrantamos estamos sujetos a pagar las
consecuencias (*). Y alguien podrá decir: “Si es así, entonces me salgo”.
Déjenos explicarle algo, si nosotros en verdad hicimos una confesión de fe, ya
somos parte del pueblo de Dios, por lo tanto, lo que implica que si decimos que
nos “salimos” es simplemente porque NUNCA fuimos parte (Juan 3:6). Un inglés
nunca dejará de ser inglés; un noruego nunca dejará de ser noruego, si nosotros
en realidad aceptamos a Cristo, nunca dejaremos de ser un creyente.
(*) Un creyente, por pecar NO deja de ser un creyente (Juan 3:6), no
pierde ni siquiera su llamamiento (Romanos 11:29; Juan 17:1), aunque sí tiene
que purgar su pena.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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