“Ahora pues, hijos, oídme”
(Proverbios 5:7).
“Porque la mujer casada (hombre también) tiene que tener cuidado de las
cosas “del mundo”, pues ya está sujeta a su marido (esposa) hasta que éste-a
mueran” (1ª. Corintios 7:34 y 39). ¿Qué nos está enseñando el apóstol? Que simplemente, el hombre o la mujer
casados, no pueden ni deben (ni siquiera con el pretexto de servir a Dios)
descuidar sus labores como esposos. Una mujer casada no puede dedicarse a
estudiar las escrituras o enseñarlas, sin antes, servir a su esposo y a sus
hijos, atender los asuntos domésticos, y, también atenderse físicamente ella
misma para ser un ejemplo a propios y ajenos y evitar el abandono o menos
precio del esposo; el apóstol lo llama “dedicarse a las cosas del mundo” antes
que a otro menester, repetimos, aún, si éste menester es el servicio a Dios
(versos 3, 10, 27, 34). Y, que, por el simple hecho de dedicarse a predicar la
palabra de Dios, el esposo no puede tampoco descuidar las necesidades básicas
de su casa, tiempo con la esposa, tiempo con los hijos, ganarse la justa y
mínima provisión material, pues aún y cuando la familia no lo diga muestra
frustración (versos 3, 20, 27, y 33). Un padre o una madre en su edad productiva
no debieran ser una carga para nadie sean éstos familiares, amigos, conocidos,
o peor aún, ovejas (2ª. Corintios 11:9). Y termina diciéndonos el apóstol que:
“Quienes no cumplen este requisito, son falsos líderes, obreros estafadores,
personas disfrazadas” (2ª. Corintios 11:13-15).
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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