“Ahora pues, hijos, oídme”
(Proverbios 5:7).
Cuando queremos que algo se cumpla o se realice bien, acostumbramos por
generaciones a decirles a nuestros hijos, a nuestros empleados, o, a la persona
indicada en el momento: ¡Oí bien, escucha bien, pone atención por favor! ¿Por
qué? Porque queremos que la situación no se salga de control, porque
necesitamos que las órdenes se ejecuten según lo previsto, porque no queremos
tener consecuencias negativas. Bueno, Dios en éste Proverbio (5) nos está
indicando lo mismo: ¡Oigan bien, escuchen bien, pongan atención por favor!. Quiere,
pues, que abramos nuestros oídos y corazones físicos y espirituales porque no
quiere que tengamos consecuencias negativas (verso 23). ¿De qué nos advierte
primero que todo? Que NO pongamos oídos a las palabras de la mujer “ajena”,
porque destilan miel, pero su fin es amargo como el ajenjo (verso 3-4). Sus
pies nos llevan a la muerte, continúa diciéndonos (verso 5). Que no conoceremos
nunca sus caminos, nos habla en tercer lugar (verso 6). Y, también, nos da la
solución: ¡Aléjate de la puerta de su casa! (verso 8).
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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