“Yo, con rectitud de mi corazón, voluntariamente”
(1ª. Crónicas 29:17).
Dios había engrandecido al rey David, y, en un momento de esa grandeza,
el rey David reflexiona: “He aquí yo habito en casa de cedro, y el arca del pacto de Jehová debajo de cortinas”
(1ª. Crónicas 17:1). Y en ese momento decide construir una casa a Jehová (el
famoso primer Templo). Pero, Dios le explica a David que habiendo sido él un
hombre de guerra tenía manchadas sus manos con sangre, y por lo tanto, no sería
él quien la construyera. Sin embargo, le concedería el privilegio de que fuera
un hijo suyo quien lo hiciera (1ª. Crónicas 22:8-9). Así, David y el pueblo
VOLUNTARIAMENTE (1ª. Crónicas 29:6,9,14 y 17) proveen lo necesario para la
construcción. Y Salomón, en cuyo reino había sido ofrecida la paz, lo edifica
(1ª. Crónicas 17:11). Ahora, quizás entenderemos el por qué algunos hijos no edifican
la casa de Dios, simplemente porque uno de los grandes requisitos para ver
esto, es que nosotros los padres hayamos proveído (espiritualmente) lo
necesario para que esto suceda. Ciertamente no es siempre culpa del padre la
falta de provisión; en ocasiones es el hijo el falto de decisión. Pero la palabra
de Dios dice: “Instruye al NIÑO en su camino, y cuando fuere viejo NUNCA se
apartará de él” (Proverbios 6:22 y 22:6). Nuestra es la obligación… de ellos la
opción.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario