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“Una palabra tuya bastará…”
(Mateo 8:8).
Cristo descendía del monte y un centurión lo detiene para pedirle un
favor: “Que sanara a su siervo paralítico”, Cristo le dice que en cuanto se
desocupe irá a verlos, pero el centurión muestra dos características preciosas
que ojalá y las tuviéramos nosotros los creyentes: 1- Humildad, pues le dice:
“No soy digno de que entres en mi casa” (verso 8a). ¡Cuántas veces nosotros nos
consideramos que merecemos todo, o que merecemos más de lo que tenemos o
recibimos, sólo porque ya somos creyentes, o, porque en alguna medida servimos
al Señor!. Y, 2- Fe, pues le hace ver que quien tiene autoridad no necesita
hacer acto de presencia en todos lados, sino con tan sólo que de la orden, ésta
tiene que ser cumplida (verso 8b). “Cuán materialistas nos hemos vuelto
nosotros los creyentes que tenemos que ver y tocar como Tomás para poder creer,
nunca tenemos paciencia para esperar el tiempo del Señor”. Y, en otro sentido,
vemos también el ejemplo del leproso, cómo le da todo el crédito a Cristo
diciéndole: “Si quieres” (verso 2), no duda nunca del poder de Cristo por eso
no le pregunta: “Si puedes”. Por ello, porque creemos en el poder y la
misericordia del Padre, por medio de nuestro Señor Jesucristo, es que con todo
y nuestras faltas, defectos y pecados (pues todos pecamos), nos atrevemos a
predicar la Palabra de Dios con la esperanza que: “Una palabra suya, sea capaz
de sanarnos física o espiritualmente a nosotros o a alguien más”. Amén.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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