“Fructificad y multiplicaos”
(Génesis 1:28).
Dios creó al hombre y a la mujer y les dio una ORDEN, no un consejo ni
una sugerencia… fue una ORDEN, y, ¿Cómo iban a poder cumplirla sin tener
relaciones íntimas? Por siglos, se ha mantenido la religiosa idea que el pecado
original del hombre fue el sexo. La religión con ello, tan sólo ha logrado
hacer creer que es “sucio” lo que Dios llama “santo”, y también, introducir miedos,
estorbos, obstáculos y prejuicios por los cuales al final muchas parejas
terminan en separación sentimental y hasta física. El apóstol Pablo, “lleno”
del Espíritu Santo enseña: “El marido cumpla sus deberes conyugales con la
esposa, y la esposa cúmplalos con el marido” (1ª. Corintios 7:3); y añade: “La
mujer NO tiene potestad sobre su cuerpo, sino el marido; ni tampoco el marido
tiene potestad sobre su cuerpo, sino la mujer”… y es más, agrega la única “excepción”
a la norma: “Solamente, sepárense y de mutuo consentimiento… para ORAR” (versos
4-5). Y aún agrega, de no cumplirse ésta norma, lo que puede suceder (y que de
hecho hemos visto por siglos suceder): ”Para que Satanás no os tiente” (mismo verso
5). Hay personas débiles que ellas solas se dejan tentar por Satanás, pero
otras lo son por culpa de los prejuicios que la religión ha sembrado en su
conyuge. Cristo dijo: “Es necesario que haya tropiezos… pero ay de aquél por
quien sean provocados” (Lucas 17:1). Punto
uno: No pudo ser sexo el pecado original, siendo que era una orden de Dios.
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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