viernes, 18 de enero de 2019

No es por mérito propio.




“Nadie puede recibir nada, a menos que Dios se lo conceda””
(Juan 3:27).

Si alguna batalla es fuerte en el creyente, es el hecho de ver progresar a los hermanos, o peor aún, a los impíos mientras nosotros pareciéramos los “olvidados” de Dios, pues ninguno de nuestros esfuerzos o proyectos fructifica. Las noches de insomnio son frecuentes e intensas; nuestra fe se quebranta; el corazón se estremece; las fuerzas se nos acaban; nos preguntamos, cómo, teniendo la trayectoria que tenemos, estamos en peores condiciones que otros que aparentemente no se han esforzado o no se lo merecen. Hasta llegamos a dudar si somos o no, hijos de Dios; si ese Dios que dijo que NUNCA se apartaría de nosotros… en realidad sí se apartó. ¡Vaya si no somos muchos los que hemos vivido momentos que sentimos eternos en esas condiciones! Creemos que somos los únicos o los primeros, sin darnos cuenta que al primero le pasó en la Cruz (Marcos 15:33); y que nosotros tan sólo somos uno de los muchos del grupo final que lo está viviendo.  2ª. Corintios 1:5 nos enseña: “Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo”. Como vemos, nuestro consuelo TIENE  que venir de Cristo para que sea abundante… no de los hombres, para que nadie se gloríe. Pero, entendamos: No es ni por mérito propio ni en nuestro tiempo sino en el de Él.

Señor: Danos un honesto celo por tu casa.



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