“Nadie puede recibir
nada, a menos que Dios se lo conceda””
(Juan 3:27).
Si alguna batalla es
fuerte en el creyente, es el hecho de ver progresar a los hermanos, o peor aún,
a los impíos mientras nosotros pareciéramos los “olvidados” de Dios, pues
ninguno de nuestros esfuerzos o proyectos fructifica. Las noches de insomnio
son frecuentes e intensas; nuestra fe se quebranta; el corazón se estremece;
las fuerzas se nos acaban; nos preguntamos, cómo, teniendo la trayectoria que
tenemos, estamos en peores condiciones que otros que aparentemente no se han
esforzado o no se lo merecen. Hasta llegamos a dudar si somos o no, hijos de
Dios; si ese Dios que dijo que NUNCA se apartaría de nosotros… en realidad sí
se apartó. ¡Vaya si no somos muchos los que hemos vivido momentos que sentimos
eternos en esas condiciones! Creemos que somos los únicos o los primeros, sin
darnos cuenta que al primero le pasó en la Cruz (Marcos 15:33); y que nosotros
tan sólo somos uno de los muchos del grupo final que lo está viviendo. 2ª. Corintios 1:5 nos enseña: “Porque así como los sufrimientos de
Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por
medio de Cristo”. Como vemos, nuestro consuelo TIENE que venir de Cristo para que sea abundante…
no de los hombres, para que nadie se gloríe. Pero, entendamos: No es ni por
mérito propio ni en nuestro tiempo sino en el de Él.
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario