El Cristo recién
acaba de ser tomado prisionero, víctima del “celo” de los líderes religiosos (Juan
11:49-51), y, de la “traición” de un amigo íntimo (Mateo 26:15). Ya dictada la sentencia,
es puesto en la cruz en donde clama: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has
desamparado? (Marcos 16:34). Aquél que nunca pecó se sintió desamparado en un
momento de su vida, y nosotros, pecadores contumaces vemos su mano todos los
días de la nuestra, sin embargo nos quejamos, murmuramos y no agradecemos. Hoy,
el mundo se debate en la extinción de un orden económico que nos llevó al
desastre, estamos prisioneros del sistema y prisioneros en nuestras propias
casas, sin embargo, seguimos siendo “amparados” por nuestro Dios pues tenemos
lo indispensable y persistimos sanos. El punto es el siguiente: Por qué mejor no
cuestionamos aunque sea por un momento: Señor: ¿POR QUÉ, NOS HAS AMPARADO? Selah.
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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