Abraham, en clara
desobediencia, y, en plena falta de fe que Dios le proveería de lo necesario
para sobrevivir durante la hambruna, decide por cuenta propia ir a Egipto
(Génesis 12:10). Resumiendo la historia podemos decir que Sara a pesar de sus
60s (Génesis 17:17), era aún una mujer hermosa, tanto así, que los príncipes y
Faraón la desean (Génesis 12:15). Habiéndola tomado Faraón, Jehová trajo contra
sí males, por lo que éste manda llamar a Abraham para “encararlo y reprenderle”
(Génesis 12:18-20). Imagínese usted: “Un pagano impío… reprendiendo, no a un
hombre de Dios sino más bien al hombre de Dios”. ¿A qué vamos? A que hoy, en la “llamada” Iglesia usted como
simple oveja NO tiene permitido hacerle ver a un líder su “error” porque se
defienden con la triste excusa: ¡No tentarás al ungido del Señor! Y hasta corre
riesgo de ser “expulsado” de la congregación si no se ¡somete! Utilizando muy
vana y convenientemente una frase que fue exclusivamente para que David la
utilizara con el Rey Saúl (1ª. Samuel 24:6). Meditemos, pues, con el “debido
respeto” cualquiera debería enfrentar cara a cara a un superior cuando éste
comete una falta (Gálatas 2:11).
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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