Una de las parábolas
más bellas e ilustrativas del Señor, la del sembrador y la semilla, fue dada
junto al mar (Marcos 4:1). Al volver y estar a solas los discípulos le
preguntan al Cristo: “Señor, ¿Por qué les hablas por parábolas? (a los
religiosos)”. La respuesta es no solamente contundente sino desde nuestro punto
de vista “aterradora”: ¡Para que viendo, no perciban; y para que oyendo, oigan
pero NO entiendan… para que NO se conviertan! (Marcos 4:12). El rey
Nabucodonosor tiene un sueño y al quedar en confusión, manda llamar a Daniel y escucha éstas
palabras: “Bendito el nombre de Dios, porque suyos son el poder y la gloria, él
es quien revela lo profundo y escondido” (Daniel 2:1,20 y 22). Hoy, estamos,
aunque muchos no lo entendamos… viviendo una parábola. Si tratamos de
entenderla con la mente humana nos quedaremos como los religiosos sin respuesta
alguna, o como el rey Nabucodonosor en confusión. Solamente Dios puede
revelarnos el significado de lo que estamos viviendo (Jeremías 33:3).
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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