El sexo en el
matrimonio es un “mandato” de Dios, por lo que primeramente tenemos que
establecer que NO es algo sucio ni tiene por qué ser vergonzoso (Adán y Eva
fueron creados desnudos): “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y
multiplicaos” (Génesis 1:28). Por lo tanto, su principal objetivo (pero no el
único) es con fines de procreación. Sabiendo Dios que para ello el hombre
necesitaba una pareja perfecta entonces declaró: “No es bueno que el hombre
esté solo, le haré ayuda idónea” (Génesis 2:18), y su expresión fue: “Varón y
hembra los creó” (Génesis 1:27). En otras palabras, el sexo era para “un” él y
“una” ella, no para una pareja formada de dos “él” o dos “ellas”, esto más bien
lo maldijo y lo vio como una abominación (rechazo y condena) cuando más
adelante dio sus leyes (Levítico 18:22). Por lo tanto, en el sexo bendito por
Dios (dentro del vínculo del matrimonio) solamente pueden participar un hombre
y una mujer, no un tercer género inexistente (Génesis 2:24). Con razón el Señor solamente creó una pareja, no dos, ni
mucho menos un tercer género.
Señor: Danos un
honesto celo por tu casa.
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