“Entrad pues confiadamente al trono de misericordia”.
(Hebreos 4:16).
En el momento que nuestro Señor Jesucristo muere en la cruz, el velo del
templo se rasgo en dos. ¿Cuál fue la razón?. Antiguamente la orden de Dios era
que “solamente” el Sumo Sacerdote podía entrar a su presencia, así, el pueblo
estaba aislado de la misma y el “intercesor” era el Sumo Sacerdote. Pero, como
lo hemos demostrado (Jeremías 31:31-34) Dios había prometido un Nuevo Pacto, y lo
que ofreció en ese pacto quedaba comprobado en Hebreos 4:16: “El pueblo ya
podía acercarse confiadamente al lugar santísimo”. ¿Por qué? Porque el nuevo
“intercesor” era nuestro Señor Jesucristo, y él era, es y será perfecto intercesor.
Dios sabía el “sometimiento” de la clase sacerdotal en contra del pueblo (Mateo
23), y fue por ello, que nos dio libertad de aprender directamente de él. Pero
para ello, no debemos de ser borregos que “repitamos” lo que otros dicen; que
creamos “todo” lo que otros enseñan, que vivamos según lo que “otros” creen. Es
necesario que todos los días nosotros entremos confiadamente al lugar santo;
que seamos nosotros los que “oigamos” lo que Dios tiene qué decirnos; que nos “hable”
a nosotros. Nosotros YA NO NECESITAMOS ser enseñados por otros (para ello se
allanó el camino rompiendo el velo). Si nos reunimos en una congregación con
hermanos es para “comprobar” que lo que hemos recibido “directamente” de Dios es
verdadero, pero no más para ser enseñados. Fuimos llamados a ser ovejas no borregos (Juan
10). Fuimos llamados a “hacer discípulos no borregos”. Y el discípulo creyente
se hace escuchando a SU maestro (Cristo).
Señor: Danos un honesto celo por tu casa.
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